El Nuevo Testamento no nos llama a escoger entre el amor y los dones espirituales. En 1 Corintios 14, Pablo une ambas cosas: seguir el amor y anhelar los dones, especialmente la profecía. El deseo no es el problema. La pregunta es qué lo gobierna.
Una manifestación puede llamar la atención sin edificar una vida. Puede conmover sin formar. Puede hacer que la persona admire al mensajero y, al mismo tiempo, dejarla más dependiente de él que de Jesucristo. Por eso, el poder de un don no se mide solamente por lo extraordinario del momento, sino por el bien espiritual que produce.
El amor cambia el centro
Cuando el amor gobierna, dejamos de preguntar solamente qué podemos hacer y comenzamos a preguntar a quién podemos servir. Ya no buscamos demostrar que escuchamos correctamente. Cuidamos el corazón de la persona que tenemos delante.
Ese cuidado afecta lo que decimos, cómo lo decimos, cuándo lo decimos y a quién se lo decimos. También nos da la humildad para decir: “Quiero compartir esto; por favor, pésalo, ora y busca consejo”. Una impresión puede ser genuina y, aun así, necesitar tiempo, sabiduría y una mejor manera de comunicarse.
Autoridad no es control
La autoridad espiritual sirve bajo la autoridad de Cristo y de la Escritura. Puede explicar, esperar y rendir cuentas. El control, en cambio, usa lenguaje espiritual para cerrar preguntas y exigir una respuesta inmediata.
Una palabra madura preserva la libertad de la persona para examinarla. No amenaza a quien pregunta. No usa el temor para producir obediencia. Tampoco ordena decisiones trascendentes sobre matrimonio, embarazo, mudanzas, vida o muerte. El amor pone límites porque el don no nos hace dueños de las personas; nos hace servidores.
Edificar, exhortar y consolar
Edificar es construir de acuerdo con el diseño de Dios. No siempre significa producir una emoción cómoda. A veces es afirmar una verdad que da estabilidad. Otras veces es corregir un rumbo o ayudar a alguien a volver a la obediencia.
Exhortar no es repartir frases motivacionales. Es acercar a la persona a Jesucristo y darle aliento para perseverar. Consolar tampoco es negar el dolor. Es acompañar con verdad y esperanza sin sacrificar la dignidad de alguien para demostrar poder espiritual.
Cómo pesar una palabra
Una palabra profética nunca tiene autoridad sobre la Escritura. Por eso conviene escribirla, compararla con la Palabra, buscar consejo de pastores o mentores, examinar el fruto y distinguir entre impresión, interpretación y comunicación.
No toda impresión es una instrucción. No toda interpretación pertenece al mensajero. Y no toda palabra exige una decisión inmediata. El discernimiento se practica en comunidad, con paciencia, humildad y rendición de cuentas.
El amor no apaga el don. Le da dirección.
Profeta Edgar Iraheta
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